Pecados de la capital y otras historias

pecados

Una indagación acerca del entramado preestablecido de roles, sus efectos e insuficiencias, marca la temática de este libro, cuyos matices se hallan fuertemente saturados por el imaginario de seres urbanos. Gisela Kozak Rovero, gran conocedora del arte de narrar, lograr sostener un tono dulcemente irónico y un humor gentil, muy contemporáneo, que presenta las imágenes más ásperas por medio de una prosa hilarante. La introspección manifiesta aviva la conciencia de cuán inaprensible es la intimidad de cada individuo; la deconstrucción de esta interioridad indócil, que emerge en el cuerpo y lo vulnera, parece formar parte de las motivaciones que están tras estos relatos.

Desde fines de la década de  1980, el desmantelamiento del gran relato de una Venezuela destinada al desarrollo ha tenido en la literatura un par de efectos visibles. Uno ha sido la adopción de posturas más exigentes ante el lenguaje; sobre todo, ante su capacidad de ocultar la índole convencional de sus imágenes de lo real. El otro consiste en el redescubrimiento de la introspección, no como un refugio para el sujeto que escapa  del desencanto del mundo exterior, sino como mirador crítico  de los materiales anímicos con los que el fracaso puede asimilarse. La obra de Gisela Kozak, desde Pecados de la capital, con sus penetrantes análisis narrativos de la identidad sexual y los vínculos entre el individuo y un entorno saturado de  discursos, encaja en ese sistema de inquietudes.

MIGUEL GOMES.Narrador

Disponible en Venezuela en librerías

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De abreboca les comparto el comienzo del primer cuento: “Al filo de una caloría”…

                                         20 Este nuestro hijo es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz; es glotón…

21 Entonces todos los hombre de su ciudad lo apedrearán y morirá;así quitarás el mal de en medio de ti, y todo Israel oirá y temerá.

Deuteronomio, 21. Antiguo Testamento

Soy de jadeante respiración y tembloroso andar. Rechazada por ocupar exceso de espacio y asustar a los jóvenes con tan desagradable apariencia, vegeto hace años en el mundo, arrastrando culpas y penas sin fin. Imagino ahora a mis padres implorantes y arrepentidos no sabían lo que hacían al administrarme Sustagen y Unicap T en harto generosas cantidades. Lo más triste es que no siempre he sido este despojo. Antes de caer en la perdición fui una criatura inocente, dulce y esbelta, de futuro venturoso, pleno de amor y resonantes éxitos. Odio, aunque comprendo, esta sociedad -cruel pero justa-, incapaz de entender el destino de una mujer sin voluntad, víctima de sí misma y atropellada por los tiempos que corren.

He aquí mi testimonio:

La herencia, obsequio involuntario de nuestros padres, me hizo presa fácil del exceso de peso desde muy corta edad. Una amigdalitis desató la tragedia. El pediatra dictó la sentencia: «A operarla, esta muchacha está raquítica». Mi madre, intermediaria abnegada entre la sabiduría médica y la frágil humanidad de esta servidora, araño sus abundantes pechos, rasgó sus vestiduras y se quitó las horquetas del rígido peinado de principios de los setenta, característico en ella: « ¡No puede ser !».En el postoperatorio comenzó la desgracia que hoy me oprime. Me atiborraron de helado y jugo de durazno enlatado, venenos que me suministraban a cada instante sentada en la cama de la pequeña habitación, donde a mis seis años proferia amenazas dirigidas a un sonriente otorrinolaringólogo: «Si me operan te jodo» ( y hasta el sol de hoy).

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